Nuevamente, sus lagrimas corrían como un río que desembocaba en la almohada,
y ella aunque amándole, seguía preguntándole al viento que hacer y que no.
No llorar más; susurró el viento mudo mientras una mano le acariciaba.
Ella se giró y al instante notó que no era real, ni la mano, ni su tacto,
era todo ficticio, como un sueño tal vez...
Quien sabe, lo cierto es que no era él y una nueva lagrima nació.
El eterno lag de su vida.
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