La casa estaba repleta de ruidos pero ella sólo captaba el horrible tic tac de las manecillas, como estas se movían lenta y constantemente haciendo que su mente se evadiera del mundo por completo.
Así llegó la confusión del deber con la necesidad y comenzó a llover.
El agua recorría sus neuronas, cada una de sus terminaciones nerviosas, como filtrándose y abriéndose paso buscando la profundidad máxima. Y por fin accedió.
Entonces él la besó y caminaron bajo la lluvia en Gran Vía, todo era tan utópico y como real, después, les bastaron ochenta escalones a prisa y tres besos furtivos para saber que estaban ahí, y que ya no había vuelta atrás.
La lluvia cesó y las pocas gotas aún vivas resbalaban por el cristal de la ventana, entonces el agua dejó de intentar filtrarse en su interior.
Maldito tic tac de las horas, siempre le lleva a donde no es, a donde no debe.
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