Ella, que su pelo provocaba el mecer del viento y el odio se hacía amor a su paso.
Frente a ella, lo mas grande menguaba hasta hacerse pequeñito y cualquier persona podía llegar a sentirse insuficiente a su lado.
Ella, la mujer de oro o de algún metal aun no inventado,
la que cambia el mundo con su sonrisa férrea y enciende almas con solo un mirar.
Eso y mucho más era ella, la mujer sin nombre, la mujer sin rostro ni apariencia física, que pudiste hacerla real si hubieras querido, si hubieras podido.
Al fin y al cabo, solo es una mujer.
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